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Jueves 31 de julio 2014   BUSQUEDA
   
   
Dörr Zegers Otto.
Fenomenología del amor y psicopatología
Salud Ment 2005; 28(1)  : 1-9

Resumen
 

La pregunta que se plantea el autor es de qué modo se perturba en los grandes cuadros psicopatológicos ese fenómeno humano universal que es el amor. Para responder a esta pregunta procede a crear primero una fenomenología del amor y analizar su especialidad y su temporalidad. Luego intenta mostrar cómo estas dimensiones antropológicas aparecen deformadas tanto en la esquizofrenia como en la melancolía.

La especialidad del amor humano

En la vida cotidiana el espacio de las dimensiones permanece más bien oculto, y así el “arriba” significa “en el techo” y el “abajo” se entiende como “en el suelo”. El espacio geométrico, el artístico o el religioso, etc. Son posibles porque el ser humano es ya espacial desde su estructura misma como “ser-en-el-mundo”. Ahora bien, la especialidad humana tiene, según Heidegger, dos características fundamentales: das Ent-fernen, que se podría traducir como “desalejar”, es decir la tendencia del hombre a hacer desaparecer las distancias y das Einräumen, que tiene, a su vez, dos sentidos: despejar y conceder. El primero corresponde al principio del “espacio vital”, origen de la agresividad y la competencia. El amor representa el caso extremo del segundo significado “Sólo donde tú estás nace un lugar (para mí)”, nos dice el poeta R.M. Rilke. En el amor no sólo no hay desplazamiento del otro, sino creación de un espacio nuevo, un espacio “nuestro”, cuya más perfecta concreción es el abrazo.

La especialidad del amor en la esquizofrenia y la melancolía

El esquizofrénico vive la relación con el otro con un gran miedo a la proximidad. El otro es mantenido en la distancia a través del delirio, las conductas inadecuadas, los proyectos excéntricos o el autismo. Esta limitación de la capacidad de amar en el sentido de un no constituirse el espacio común se nos muestra también en las típicas situaciones desencadenantes: declaración de amor, noviazgo, seducción homosexual, ingreso a organizaciones grupales, etc., todas situaciones que tienen en común el que el otro traspasa los límites que ellos necesitan poner para mantener su frágil estructura. Por último, la pérdida de la capacidad de encontrarse con el otro en el amor va a significar también que el mundo deje de ser un hogar, para transformarse en un lugar amenazado por voces y enemigos anónimos, donde se pierden las bases del encuentro interhumano: el que sea único, libre y personal.

En la melancolía el espacio adquiere características en cierto modo polares con respecto a la esquizofrenia. Se trata de un espacio cálido, ordenado, donde los objetos guardados retienen el pasado y sustraen al cambio. Durante la fase depresiva este espacio pierde colorido y perspectiva y se reduce, a causa de una suerte de “inflación” que afecta al cuerpo, el que invade al enfermo a través de la angustia, el desánimo y las sensaciones dolorosas.

El depresivo no puede tolerar la distancia del otro, hasta el punto que las situaciones desencadenantes más frecuentes están constituidas por separaciones y pérdidas. El espacio depresivo es lo contrario de aquel que nos enseñara Rilke en el “Réquiem para una Amiga” (1908) como el más propio del amor: “Por cuanto eso es culpa, si es que algo puede serlo: el no acrecentar la libertad del ser amado…”.

La temporalidad del amor humano

Con el tiempo ocurre como con el espacio; él es sólo un derivado, una abstracción del tiempo existencial. Y así, el ser humano es también temporal desde su estructura misma como ser-en-el-mundo, en el sentido de Heidegger. En cada acción estamos anticipando e interpretando el futuro desde un determinado “sentirnos” desde el pasado y consumando el acto de encontrarnos con algo o con alguien en el presente. Ahora, este tiempo se constituye desde la finitud, vale decir, desde la muerte y su rasgo central es la transitoriedad. El tiempo del amor, en cambio, es lo contrario de ese tiempo transitorio, que todo lo devora. La poetisa inglesa Elizabeth Barret-Browning contrapone la vida que pasa y el amor que permanece (“love that endures, life that disappears”), mientras Schiller le dice a su amada: “El solo pensar que antes nos importábamos menos, me atormenta, porque el amor ha de ver eternidad hacia atrás y hacia delante”. Pero el amor no sólo es capaz de acceder al tiempo de lo eterno, sino también de vencer a la muerte. Y así Wagner, en su versión poética de la antigua leyenda de Tristán e Isolda, canta: “La vieja canción lo ha repetido: /amar y morir, / pero no, no, ¡así no es! / ¡Amar! ¡Amar! / Amar hasta en la muerte / y no morir de amor”.

La temporalidad del amor en la esquizofrenia y la melancolía

El rasgo más característico del tiempo esquizofrénico es un cierto grado de “atemporalidad”. El pasado nunca es superado realmente, porque ellos permanecen en la relación simbiótica con la madre. Por otra parte, sus delirios muestran una persistencia tanto en el contenido como en la forma, que los hace inmunes al paso del tiempo. En relación al futuro, notamos carencia de propósitos y ausencia del fenómeno de la “anticipación”. Por último, el paciente esquizofrénico muestra dificultad para llevar a cabo (en el presente) las tareas que le corresponderían por su nivel intelectual y socio-cultural; de ahí los frecuentes fracasos de jóvenes dotados en los estudios o de los adultos en el trabajo. Esta “atemporalidad” nada tiene que ver con la “intemporalidad” del amor. El esquizofrénico está fuera del tiempo, mientras los amantes lo han superado. Él abandona la inserción en ese tiempo que pasa, que es lo que permite la acción. Los amantes, en cambio, continúan actuando, creando y superando lo que tiene el tiempo de triste y doloroso.

En la depresión el tiempo transcurre más lento y en casos extremos, como el estupor, se detiene. Al paciente le cuesta pensar, concentrarse y tomar decisiones; sus movimientos son lentos, tarda en responder y sus palabras se escuchan sin fuerza. Pero ya en la personalidad previa se anuncia la alteración de la temporalidad en su manera rígida de cumplir, en el permanente intento de planificar el futuro e impedir el azar y el no poder tolerar las separaciones. Y así, el depresivo no puede, al amar, trascender junto a la persona amada el espacio de las dimensiones y el tiempo de las horas. Y esto explica que cada pérdida lo hunda en el abismo y que, con el tiempo, pérdidas cada vez menos importantes pueden desencadenar el proceso depresivo.


Palabras clave: Amor, fenomenología, psicopatología, esquizofrenia, depresión.
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