Barreras y percepciones en el uso del protector solar en los estudiantes de nuevo ingreso a la Universidad Veracruzana

Barriers and Perceptions in the Use of Sunscreen among New Students at the Universidad Veracruzana  

Autores: et al , Hurtado Capetillo José Manuel, Comas Hernández Alexandro, Gheno Heredia Yaqueline, García Preuss Ragued, Cardiñanos Longo José Aurelio, Gisela Heredia Alma, Cen Pacheco Francisco

Completo

Introducción

El uso correcto del protector solar enfrenta múltiples barreras tanto técnicas como conceptuales, desde el punto de vista práctico, uno de los principales problemas es la subaplicación, ya que, la mayoría de las personas colocan menos de la cantidad recomendada, reduciendo significa tivamente la protección real, estimando que las pruebas de laboratorio determinan que el factor de protección solar (FPS) se realiza con un espesor de 2 mg/cm², mientras que en la práctica cotidiana la aplicación suele ser menor, disminuyendo su eficacia, a esto, se le suman factores ambientales, como la actividad física, sudoración, contacto con agua o arena, lo que acelera la pérdida de la capa protectora, requiriendo aplicaciones cada vez más frecuen tes para mantener la efectividad (1, 2). La literatura coincide en que la dosis adecuada para proteger a un adulto es de aproximadamente 35 ml para cubrir todo el cuerpo, con aplicaciones a los 15–30 minutos tras la exposición inicial y posteriormente después de nadar, sudar o realizar actividades físicas (2), sin embargo, la falta de adherencia a estas recomendaciones es común, estudios reportan que hasta el 63.5% de los usuarios no aplican el protector solar, lo que compromete la eficacia del producto (3). Por lo que, comprender la biología cutánea ofrece el primer eslabón de protección frente al a exposición ante la radiación, la melanina se encuentra organizada en una unidad melanina epidémica (melanocito - queratinocito), su cantidad y distribución son moduladas mediante la herencia genética, ubicación geografía, factores ambientales y estilo de vida, la melanina cuenta con una función fundamental, la cual es la limitación y penetración de la radiación UV, por lo cual, la melanina condiciona la sensibilidad individual al foto envejecimiento y al daño ocasionado por la radiación rayos ultravioleta y radiación ultravioleta B (UV/ UBV) (1). Sobre esa base, el cáncer de piel emerge como uno de los tumores más comunes, el cual se ha visto con un crecimiento sostenido de incidencia en todas las edad y sexos, esta patología se agrupa en carcinoma basocelular, carcinoma escamoso y melanoma, por ende, la prevención primaria es clave desde las edades tempranas, debido a que la exposición solar aumenta el riesgo de desarrollar cáncer de piel en cualquiera de sus presentaciones (2, 3). En términos poblaciones, el impacto es contundente, cada año se diagnostica >5 millones de casos en estados unidos, se presentó en adultos jóvenes, siendo el melanoma el tercer cáncer más frecuente, se identificó a la exposición prolongada a la radiación UV como el principal factor de riesgo modificable, mientras que en México, la evidencia regional reforzó que el cáncer de piel ocupa el segundo lugar entre las neoplasias, apareciendo en áreas fotoexpuestas, reflejando el peso de la radiación crónica (4, 5). Mientras que a nivel Latinoamérica la carga es elevada, estudios reportaron incidencias altas en Perú, teniendo un 13.7%, sumando determinantes individuales como el fototipo, antecedentes heredofamiliares (6). Sin embargo, la exposición mínima a la radiación UV contribuye a la síntesis de vitamina D, eso no excluye a la radiación UV como un carcinógeno humano, en donde la exposición intermitente e intensa contribuye al riesgo de desarrollar cáncer basocelular y melanoma, entiendo que fisiológicamente la radiación UV produce desde efectos agudos como lo es el eritema o engrosamiento epidérmico, hasta cambios crónicos degenerativos, inmunodifusión y carcinogénesis (7, 8). Entendiendo que, la fotoprotección cutánea descansa, en primer término, en el uso constante y adecuado de los fotoprotectores de amplio espectro, capaces de cubrir UVA y UVB, con beneficios demostrados en todos los fototipos, teniendo beneficios como la prevención ante el fotoenvejecimiento, queratosis actínica, carcinomas escamosos y melanoma, además de la reducción en exacerbaciones de fotodermatosis, estos productos actúan como una ba rrera tópica con función defensiva, mientras que previenen efectos adversos, sin embargo, no deben de considerarse como la única medida de prevención (1, 2). En una estrategia integral, el protector solar se acompaña de conductas de bajo costo y alta efectividad, como lo son evitar la radiación en horas pico (10:00–16:00), priorizar la sombra, utilizar sombreros o gorra, ropa que cubra varias áreas que nor malmente están foto expuestas y gafas de sol, todo esto en conjunto, siendo que estas medidas reducen el riesgo de desarrollar cáncer en la piel, en cualquier de sus variedades (3, 5). Existen además barreras subjetivas vinculadas a las percepciones, creencias y preferencias, entre las razones más reportadas para no usar el protector solar destaca la falta de preocupación por el riesgo, la percepción de que su aplicación consume tiempo innecesario, el costo elevado del producto, la textura que puede ser oleosa o desagradable, así como dudas sobre su eficacia, lo cual se le suma la creencia de que aplicar protector solar permite exponerse más tiempo al sol de forma segura, lo cual es un error, un error que fomenta conductas de riesgo (3, 6, 8). La epidemiología reciente confirma la magnitud, según Global Cancer Observatory (GLOBOCAN) 2020 estimó 324 635 melanomas nuevos y 57 043 defunciones, Australia/Nueva Zelanda concentran las incidencias más altas, y en EE. UU. la incidencia sigue en ascenso mientras la mortalidad baja por mejoras terapéuticas (9). Por lo que, el reto clínico incluye un subdiagnóstico y disparidades, ya que distinguir de un cáncer de piel no melanoma de un melanoma no siempre es evidente, agregando factores no modificables como la población de piel oscura, en donde presentan una menor incidencia, pero una mayor mortalidad (10). Ello ocurre en un contexto donde 1 de cada 3 cánceres en el mundo es cutáneo y una gran parte de ellos corresponden al cáncer de piel no melanoma, con una heterogeneidad geográfica marcada, mientras que en México se ejemplifica la doble carga, el cáncer de piel no melanoma como el tumor más frecuente y el melanoma con un alza reciente, por lo que las implicaciones en la salud pública son claras (11, 12). Es indispensable comprender la importancia de la fotoprotección tópica como un pilar preventivo, ya que, los filtros UV absorben, dispersan o bloquean la radiación, retrasando de esta manera el fotoenvejecimiento y reduciendo trastornos cutáneos, sin embargo, su eficacia se ve ligada a su uso correcto, así como el mantenimiento del FPS. En paralelo, es fundamental aclarar y diferenciar la agresividad del melanoma, el cual es altamente invasivo y metastásico, mientras que el cáncer basocelular raramente presenta metástasis, sin embargo, ciertos carcinomas de células escamosas son muy invasivos, reforzando la necesidad de la fotoprotección como pilar preventivo (13, 14). La organización mundial de la salud (OMS) anticipa > 1.7 millones de nuevos casos de melanoma y cáncer de piel no melanoma para el 2025, especialmente en fototipos I-III, esto en tiendo a la radiación UV como el principal factor de riesgo modificable, por lo cual es importante reforzar los cambios conductuales y educativos para la prevención (15). El auge de los fotoprotectores, impulsados por el cambio climático obliga a balancear los beneficios dermatológicos con posibles impactos ambientes, sin perder de vista la función de barrera de la piel como la primera línea de defensa frente a la radiación UV, sin embargo, también se cuenta con medidas extras a la fotoprotección, como lo es el uso de ropa que cubra áreas fotoexpuestas, preferencia por la sombra en áreas públicas, uso de sombreros, gorras y sombrillas, las cuales son intervenciones más costo – efectivas, que ayudan a mitigar las quemaduras constantes, entendiendo largo, que esto debe de tener un equilibrio, esto por el rol que juega la síntesis de vitamina D con la exposición solar, por lo que el equilibrio entre un exposición corta y controlada debe de ser tomada en cuenta (16, 17, 18). En contextos con una alta exposición al sol, como lo es en la población Saudí con muchas horas semanales expuestas a la radiación, es importante la implementación de medidas preventivas como lo es las barreras de fotoprotección, como el uso de ropa que ayude a complementar esa barrera (19). De igual forma, aunque se ha atribuido un 90% de los melanomas a la exposición solar prolongada también se destacan otros cofactores, como lo es la herencia, el fototipo e inmunosupresión, siendo agregados que pueden influir de manera negativa al desenlace de la patología sin desplazar a la radiación como el principal factor por lo que la fotoprotección debe integrarse de manera sistemática en la práctica clínica y la educación sanitaria (20, 21, 22). Las motivaciones estéticas, son igualmente de importantes, ya que en un estudio se reportó que una proporción considerable de los estudiantes (62.9%) asoció el bronceado como un atractivo personal, lo que genera una gran barrera contra el uso regular de la fotoprotección, relacionándose directamente con las quemaduras solares frecuentes (4). De igual forma en otro estudio se reportó que un 25% de los encuestados refirió que prefería broncearse en lugar de usar el protector solar, y un 11% indicó rechazo por la textura de los productos o preocupación por sus ingredientes y el impacto que estos podían llegar a tener en el medio ambiente (17). Otros obstáculos se relacionaron con la tolerancia y la seguridad, ya que el uso de los protectores puede inducir ciertos efectos adversos como el acné, irritación cutánea, foliculitis e inclusive reacciones alérgicas, lo que desalienta su aplicación sistemática, ya que ciertos compuestos como el ácido para-aminobenzoico (PABA) pueden causas hipersensibilidad, mientras que filtros inorgánicos como el óxido de zinc o dióxido de titanio dejan una capa blanca visible que vuele poco aceptables desde el punto de vista cosmético, de igual modo, la presencia de ciertas fragancias, conservadores y emulsionantes pueden llegar a provocar dermatitis irritativa o alérgica en pieles altamente sensibles (3, 13, 22). La subaplicación y el mal uso también refleja vacíos en la educación y la comunicación, en jóvenes universitarios, se ha documentado que el 58.6% no aplica el fotoprotector durante el día, esto debido a la falsa percepción de que una sola aplicación es suficiente o por la incomodidad de hacerlo durante sus actividades diarias (12). Además, la baja adherencia también se asocia con la falta de tiempo, desconocimiento y la dificultad para modificar conductas, pese a que las redes sociales y los profesionales de salud tienen un papel clave en modelar percepciones y hábitos de uso (18). Sin embargo, debe destacarse que aunque algunos ingredientes activos han demostrado una absorción sistemática, la evidencia disponible indica que la probabilidad de daño es mínima y no justifica suspender el uso del protector solar, por lo que el verdadero reto radica en superar las barreras de percepción, accesibilidad, técnica de aplicación y adherencia para que los fotoprotectores cumplan su función (21, 22). A nivel poblacional, la educación estructural importa, siendo que las intervenciones escolares mejorar las conductas de protección, generando que estas mismas se vuelvan parte de la rutina de las poblaciones, aunque su impacto en reducir el “tiempo al sol” ha sido limitado, lo que obliga a optimizar el diseño y refuerzo institucional (4). Mecánicamente, los filtros inorgánicos reflejan y dispersan la radiación, mientras que los orgánicos absorben y disipan, incluso algunos compuestos dietarios pueden mitigar la inflamación, daño al ADN e inmunosupresión inducida por la radiación UV, teniendo que la evidencia clínica es consistente, los fotoprotectores previenen queratosis actínica y carcinoma escamoso, para el carcinoma basocelular la eficacia es menos clara, aunque globalmente disminuyen el cáncer de piel no melanoma y melanoma cuando se usa de manera adecuada (3, 6, 7). Las guías sanitarias insisten en pautas simples, aplicar filtros de amplio espectro (≥FPS 15), usar ropa protectora, evitar el sol del mediodía y prescribir cremas solares, sin embargo, persiste una brecha entre conocimiento y práctica, aunque el 79% considera importante la protección, solo el 30.6% aplica las medidas de protección (8). Esta brecha refuerza la necesidad de la prevención primaria y secundaria, el melanoma es curable en etapas tempranas, por lo que programas de tamizaje y capacitación en primer nivel son mandatorios, por lo que la promoción de uso de filtros solares debe de ser con fotoprotectores que cubran un amplio espectro ante la radiación UV, ser foto estable, seguro e inerte, sin irritación ni sensibilización (9, 13). Comprender el fototipo y la arquitectura genética de la pigmentación modula el riesgo y respuesta al ambiente, a la vez, la distribución global del cáncer de piel, con subtipos y prevalencias heterogéneas, requieren de vigilancia y datos locales para ajustar mensajes y recursos dependiente del contexto local (10, 11). Pese a las recomendaciones claras de OMS, así como de sociedades nacionales, la adherencia a los protectores solares continúa siendo baja, lo que limita el impacto en poblaciones (12). Los datos mencionan que el uso de filtros solares reduce la incidencia de cáncer de piel en un 10%-15% en escenarios de alta radiación como en Australia (14). Sin embargo, es importante señalar, que ninguna medida es totalmente protectora, por lo que los filtros físicos (ropa, gafas) y químicos (lociones) no ofrecen protección integral, por lo que se exploran fitoquímicos (carotenoides, polifenoles, antioxidantes) como coadyuvantes que absorben UV, modulan respuesta inmune y limitan daño oxidativo. (16). La reducción de la carga global del cáncer cutáneo exige dos frentes complementarios: detectar antes y exponer menos, en poblaciones de piel clara, las lesiones suelen hacerse visibles y diagnosticarse precozmente, sin embargo, el objetivo sanitario debe ser ampliar estas venta jas diagnósticas a todos los fototipos mediante la educación y estrategias, así como comprender como el fotoenvejecimiento inducido por la radiación UV se expresa de forma diferencial según la biología cutánea para personalizar la atención dermatológica (1). Dentro de la prevención primaria, el paquete de medidas es inequívoco, la reducción de la dosis de radiación UV, ropa que cubra gran parte del cuerpo, buscar la sombra y el uso de fotoprotectores de amplio espectro con una adecuada aplicación, mientras que, en la prevención secundaria, las guías convergen que el tamizaje debe de apoyarse en herramientas clínicas de alto rendimiento, reforzadas por la fotografía corporal total, dermatoscopia para la evaluación precisa y diagnostica (2, 3). Mientras que en México, la mortalidad por melanoma creció sostenidamente entre 1998 y 2018, con estabilización reciente, los avances terapéuticos mejoran el pronóstico, sin embargo, el acceso a los mismos continúa siendo limitado, a esto se le suman las desigualdades étnicas y etarias, lo que obliga a diversificar la prevención, aun con una menor inci dencia en personas de piel oscura, la creciente carga deman da programas preventivos y diagnósticos específicos, por lo cual, se requiere de estandarizar reportes epidemiológicos, estudiar formas poco comunes y evaluar el impacto real de campañas y programas de detección sobre incidencia y recu peración (9, 10, 11). Hacia un tamizaje más efectivo, los modelos de predicción que integran genética, ambiente y conducta permiten estratificar riesgo y priorizar exámenes completos de piel para quienes más se benefician, mientras se sostiene la educación poblacional en ropa, sombra y fotoprotectores (15, 16). Destacando que la prevención cutánea eficaz combina diferentes factores, como lo son, herramientas modernas, fotoprotección integral y programas educativos situados en contextos donde ocurre la exposición real, por ende, comprender y comunicar estos pilares es condición clave para la disminución de esta patología en las próximas décadas (14, 22).

Material y métodos

Para lograr los objetivos, se realizó un estudio transversal durante las jornadas del Examen de Salud Integral en el Centro de Estudios y Servicios de Salud de la Universidad Veracruzana. La recolección fue prospectiva y consecutiva mediante un cuestionario electrónico autoaplicado, anónimo y de acceso voluntario. La población se integró por estudiantes matriculados de todas las áreas académicas que acudieron al Examen de Salud Integral y completaron el instrumento dentro del periodo de levantamiento. Fueron elegibles quienes pertenecían a la Universidad Veracruzana, asistieron al Examen, otorgaron el consentimiento informado electrónico y concluyeron el cuestionario. El instrumento fue un cuestionario estructurado de respuesta cerrada, diseñado para identificar la prevalencia y los posibles factores asociados a reacciones alérgicas cutáneas. Incluyó: edad (años), sexo (femenino/ masculino), razones de no uso de protector solar [cos tos (es caro), sensación pegajosa, acné/irritación, olvido, desconocimiento, no tengo tiempo para aplicarlo duran te todo el día, no lo considero necesario], gasto men sual aproximado destinado al protector solar (150 pesos; 150–299 pesos; 300–299 pesos; 300–499 pesos; más de 500 pesos) y antecedente de haber recibido explicación previa sobre beneficios e importancia del uso (sí/no). El instrumento se diseñó con el propósito de caracterizar conductas y percepciones, estimar patrones por subgrupos y detectar brechas de conocimiento con fines de prevención universitaria. La base de datos se exportó a un archivo delimitado por comas y se depuró en SPSS v25 mediante validación de rangos, reglas de coherencia y detección de duplicados, manteniendo el anonimato de las y los participantes. Se elaboró un diccionario de variables con etiquetas y codifi caciones antes del análisis. El análisis estadístico fue descriptivo. Las variables categóricas se resumieron con frecuencias absolutas y relativas (%) y se presentaron en tablas y gráficos de distribución. Las variables cuantitativas se describieron con medidas de tendencia central (media y/o mediana). El procesamiento y la generación de tablas y figuras se efectuaron en SPSS.

Consideraciones éticas

Para este protocolo de investigación se dio un consentimiento informado a los alumnos en el cual se considera los aspectos éticos de la declaración de Helsinki. Se cumplieron con los criterios de beneficencia, equidad y consentimiento, así como todo lo escrito en sus declaraciones y códigos para la realización de un protocolo médico confiable. Así mismo, por parte de las leyes nacionales mexicanas, este trabajo se basó bajo las normas de la ley general de salud, específicamente el artículo 7 y 8, ya que dicha investigación se considera de muy bajo riesgo. Así mismo la información será resguardada considerando la protección de datos personal.

Conflicto de intereses

Los autores declaran que no tiene conflicto de intereses para la realización del presente trabajo de investigación.

Financiación

Los autores declaran que no recibieron financiamiento externo. Se utilizaron los recursos propios de las instituciones participantes.

Resultados

La población total estuvo constituida por 1 878 estudiantes de nuevo ingreso. La distribución por grupos de edad mostró un predominio marcado del intervalo de 17–19 años, que concentró 1 592 estudiantes (84,8 %). En segundo lugar, se ubicó el grupo de 20–23 años con 251 estudiantes (13,4 %), mientras que los grupos de 24–26, 27–29 y mayores de 30 años aportaron proporciones mínimas a la cohorte (22 [1,2 %], 7 [0,4 %] y 6 [0,3 %] estudiantes, respectivamente). En conjunto, la muestra estuvo conformada casi por completo por adolescentes tardíos y adultos jóvenes tempranos, gráfica 1. En la distribución global por sexo se observó un ligero desequilibrio entre ambos grupos. De los 1 878 estudiantes, 1 085 (57,8 %) pertenecieron al sexo que concentró la mayor proporción de la población y 793 (42,2 %) al sexo restante, lo que indica una cohorte con predominio moderado de uno de los sexos, sin llegar a una desproporción extrema, gráfica 2. En relación con el conocimiento previo sobre los beneficios del uso constante del protector solar, 1 363 estudiantes (72,6 %) refirieron haber recibido información o conocer dichos beneficios, mientras que 515 (27,4 %) manifestaron no contar con este conocimiento. Estos resultados muestran que, aunque la mayoría declara tener nociones previas sobre la fotoprotección, cerca de una tercera parte de la muestra continúa sin familiaridad suficiente con los beneficios del uso regular del protector solar, gráfica 3. Respecto a las barreras percibidas para el uso adecuado del protector solar, pregunta de respuesta múltiple en la que los estudiantes podían seleccionar más de una opción, la alternativa más señalada fue el “olvido”, que se posiciona como la principal dificultad reportada. En un segundo plano se identificaron el “costo” del producto y la “sensación pegajosa” posterior a su aplicación, mientras que “acné/irritación” y “falta de tiempo para aplicarlo” se ubicaron en frecuencias intermedias. Las opciones “desconocimiento” y “no lo consideran necesario” fueron las menos referidas. Dado que cada estudiante podía marcar varias opciones, la suma de respuestas supera el número total de participantes, reflejando la coexistencia de múltiples barreras individuales, gráfica 4. En cuanto al gasto mensual destinado al protector solar, la distribución se concentró en rangos de inversión bajos a intermedios. La categoría más frecuente fue un gasto de 150–299 pesos mensuales, reportado por 392 estudiantes (33,6 %), seguida de un gasto de hasta 150 pesos, con 348 estudiantes (29,8 %). En tercer lugar, se ubicó el intervalo de 300–499 pesos, referido por 283 estudiantes (24,3 %), mientras que 143 (12,3 %) declararon destinar más de 500 pesos al mes a la compra de protector solar. Estos datos sugieren que, entre quienes reportan un gasto específico, la mayoría invierte cantidades moderadas en productos de fotoprotección, gráfica 5.

Discusión

En este estudio, la cohorte estuvo constituida casi en su totalidad por adolescentes tardíos y adultos jóvenes tempranos, con un predominio claro del grupo de 17–19 años. Esta concentración etaria es coherente con el periodo de transición entre bachillerato y universidad, etapa en la que se consolidan hábitos de salud a largo plazo y en la que las intervenciones de fotoprotección pueden tener un impacto preventivo especialmente relevante. El ligero desequilibrio por sexo, sin llegar a una desproporción extrema, sugiere además que los hallazgos son aplicables de forma relativamente homogénea a ambos grupos, lo que refuerza su utilidad para el diseño de estrategias institucionales de promoción de la salud. En cuanto al conocimiento, el hecho de que 72,6 % de los estudiantes refiera conocer los beneficios del uso constante del protector solar sitúa a esta cohorte en un nivel de familiaridad similar al descrito en otros contextos universitarios, donde alrededor de 70 % de los participantes reconoce que el uso regular del fotoprotector puede reducir el riesgo de cáncer de piel (23). De forma complementaria, este porcentaje se aproxima a lo reportado en investigaciones en las que casi 80 % de los encuestados considera importante la fotoprotección como medida de cuidado personal (24). Por lo que, estos datos sugieren que, al menos a nivel declarativo, una proporción considerable de estudiantes identifica la relevancia del protector solar como herramienta preventiva, en contraste con poblaciones donde se ha documentado un desconocimiento más marcado sobre conceptos básicos como el significado del factor de protección solar (23). Sin embargo, la identificación de barreras específicas matiza este aparente “buen nivel” de conocimiento. En nuestra cohorte, el olvido emergió como el obstáculo más frecuentemente señalado para el uso adecuado del protector solar, por encima de otros factores. Este hallazgo es consistente con estudios en los que una fracción relevante de estudiantes universitarios refiere explícitamente “olvidar” utilizar métodos de protección solar en su vida cotidiana (24), lo que pone de manifiesto que, incluso cuando existe conciencia del beneficio, la incorporación del fotoprotector como hábito automático dista de estar consolidada. El costo del producto se posicionó como la segunda barrera más reportada, seguido de la sensación pegajosa posterior a la aplicación. Este patrón contrasta parcialmente con investigaciones en las que el precio elevado se ha descrito como la barrera más frecuente para la aplicación de protector solar, identificada por más de cuatro de cada diez participantes (24). En nuestro caso, aunque el costo continúa siendo un componente relevante, su ubicación en segundo plano sugiere que, en este grupo, los determinantes conductuales (olvido) y cosméticos (textura, sensación en piel) pesan tanto o más que la limitación económica directa. La alusión reiterada a la “sensación pegajosa” y a eventos como acné o irritación es congruente con trabajos en los que casi la mitad de los estudiantes percibe el protector como graso o incómodo y un porcentaje importante expresa preocupación por reacciones alérgicas o irritativas (23), reforzando la necesidad de considerar la aceptabilidad cosmética como eje central en cualquier recomendación práctica. El patrón de gasto mensual declarado refuerza esta lectura matizada. La mayoría de los estudiantes que reportan una cifra específica concentra su inversión en rangos de 150–299 pesos, seguida por montos menores o ligeramente superiores, lo que indica una disposición a destinar recursos económicos moderados a la fotoprotección. Este comportamiento es compatible con la idea de que el acceso al producto, por sí solo, no garantiza un uso adecuado ni constante, algo ya señalado por estudios en los que, pese a que la gran mayoría refiere tener acceso a protector solar y a sombra en el entorno universitario, solo una minoría lo utiliza la mayor parte del tiempo o siempre cuando está al sol (25). De este modo, nuestros resultados parecen encajar en un escenario ya descrito en la literatura: estudiantes que reconocen la importancia del protector solar y tienen, en buena medida, ac ceso a él, pero cuya práctica cotidiana se ve modulada por barreras cognitivas (olvido), prácticas (percepción de falta de tiempo) y cosméticas (textura, molestias en la piel) (23 – 25).

Conclusión

Los hallazgos de este estudio ponen de manifiesto que, aun en una cohorte joven y universitaria, persisten brechas relevantes entre el conocimiento declarado sobre fotoprotección y su traducción en prácticas cotidianas, lo cual adquiere especial trascendencia en un entorno como el puerto de Veracruz, caracterizado por una elevada exposición solar. Este tipo de investigaciones resulta clave para diseñar estrategias de sensibilización dirigidas, que aborden no solo la información sobre el protector solar, sino también las barreras reales que limitan su uso consistente, fortaleciendo una cultura de prevención desde etapas tempranas de la vida adulta. En este marco, el CESS-UV se consolida como un nodo fundamental de captación, tamizaje y medicina preventiva, además de constituir un observatorio epidemiológico y un centro de investigación y monitoreo continuo que permite generar evidencia local para orientar políticas y programas de salud más pertinentes y efectivos.

Palabras clave: foto protección protector solar estudiantes universitarios barreras cáncer de piel

2026-10-07   |   16 visitas   |   Evalua este artículo valoraciones

Vol. 21 Núm.0. Abril 2026 Pags. 42-50 Rev Invest Cien Sal 2026; 21(Supl. 1)