Autores: Domínguez Meléndez Vanihamín, Hurtado Capetillo José Manuel, Carballal Levet Russi Scarleth, García Preuss Ragued, Cortes Corel Bryan Alexis
Introducción
Dentro del contexto mexicano, la magnitud del problema continúa siendo relevante, con una tasa de notificación de 5.6 casos por cada 100,000 habitantes durante el año 2020, donde la vía de transmisión predominante sigue siendo la sexual, lo que refuerza la necesidad de consolidar estrategias preventivas dirigidas a poblaciones con mayor exposición (1). En este sentido, la profilaxis post-exposición (PEP) ha ampliado su campo de aplicación más allá de los escenarios ocupacionales tradicionales, como los relacionados con el personal de salud, para incluir exposiciones no ocupacionales, particularmente aquellas de carácter sexual, lo que incrementa su pertinencia dentro de los enfoques actuales de prevención del VIH (1-3). La dinámica evolutiva de la infección dificulta su identificación en etapas tempranas, lo que hace imprescindible el fortalecimiento de herramientas diagnósticas accesibles y oportunas. En este contexto, la profilaxis pre-exposición (PrEP) se define como la administración de antirretrovirales en individuos sin infección por VIH con el objetivo específico de prevenir su adquisición. El esquema más ampliamente utilizado consiste en la combinación de tenofovir disoproxil fumarato (TDF) 300 mg y emtricitabina (FTC) 200 mg en una pauta diaria (3, 4). De forma alternativa, se ha descrito el esquema intermitente 2-1-1, que implica la administración de dos dosis previas a la exposición, seguidas de tomas posteriores a las 24 y 48 horas. Paralelamente, la implementación de pruebas rápidas en poblaciones de riesgo y en entornos comunitarios se ha consolidado como un componente clave para favorecer el diagnóstico temprano (3, 4).
Desde el punto de vista clínico, la infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) cursa con una fase aguda caracterizada por manifestaciones inespecíficas como fiebre, astenia, exantema y linfadenopatías, seguida de una fase crónica en la que el paciente puede permanecer asintomático durante años. La integración sistemática de pruebas de detección en programas de salud permite ampliar su cobertura y facilitar el acceso, recomendándose además que el tamizaje se realice de manera simultánea con la búsqueda de otras infecciones de transmisión sexual, como sífilis, gonorrea y clamidia (5, 6). En aquellos casos con sospecha de infección aguda, la confirmación diagnóstica requiere la detección de ARN viral mediante técnicas de amplificación como la reacción en cadena de la polimerasa, considerada el estándar en este escenario (7). La efectividad de estas estrategias depende no solo de su disponibilidad, sino también de la rapidez en la entrega de resultados y de la vinculación oportuna a los servicios de atención (2). Mientras que, la profilaxis post-exposición constituye una intervención de carácter urgente, cuya eficacia depende de su inicio precoz, idealmente dentro de las primeras dos horas tras la exposición y con un límite máximo de 72 horas. El esquema terapéutico, con una duración de 28 días, suele incluir la combinación de TDF y FTC junto con un inhibidor de la integrasa, y debe acompañarse de consejería especializada, evaluación individual del riesgo y seguimiento clínico mediante pruebas de laboratorio, con el objetivo de garantizar tanto la seguridad como la efectividad del abordaje (2, 8).
En cuanto a las herramientas diagnósticas, las pruebas rápidas basadas en inmunocromatografía permiten obtener resultados en un intervalo aproximado de 20 minutos y pueden emplearse con sangre total, suero o plasma, lo que favorece su uso en escenarios de atención primaria. Las pruebas de cuarta generación representan un avance significativo al incorporar la detección del antígeno p24 junto con anticuerpos contra VIH-1 y VIH-2, reduciendo la ventana diagnóstica y mejorando la sensibilidad en fases tempranas de la infección (9). No obstante, todo resultado reactivo requiere confirmación mediante pruebas suplementarias, como Western Blot o técnicas equivalentes, para establecer el diagnóstico definitivo (9, 10). A pesar de los avances en prevención y diagnóstico, el VIH continúa representando un problema de salud pública de gran magnitud, con más de 34 millones de muertes acumuladas a nivel mundial hasta 2025 (11). En este contexto, el seguimiento clínico de los usuarios de PrEP adquiere especial relevancia, ya que se recomienda la realización periódica de pruebas de detección de VIH y la monitorización de la función renal cada tres meses, con el fin de asegurar tanto la seguridad del tratamiento como su eficacia preventiva (4). Sin embargo, es importante reconocer que la PrEP no confiere protección frente a otras infecciones de transmisión sexual, por lo que su uso debe integrarse con medidas adicionales, como el empleo consistente de métodos de barrera. Asimismo, su implementación se ve limitada en diversos contextos por barreras económicas, falta de información y persistencia del estigma asociado al VIH (2, 6). El inicio temprano del tratamiento antirretroviral constituye uno de los pilares en el manejo del VIH, recomendándose su instauración inmediata tras el diagnóstico. Esta estrategia ha demostrado reducir de manera significativa la morbilidad y mortalidad, además de disminuir la transmisibilidad del virus. El objetivo terapéutico es alcanzar y mantener la supresión viral sostenida, lo que se asocia con una mejor calidad de vida y una menor progresión de la enfermedad; para ello, las guías recomiendan como esquema de primera línea la combinación de TDF, FTC y dolutegravir (DTG) (7, 11). El seguimiento clínico incluye la evaluación periódica de la carga viral y el recuento de linfocitos CD4, generalmente cada tres a seis meses, permitiendo ajustar el tratamiento según la respuesta individual (7). El uso del condón continúa siendo una de las estrategias más eficaces en la prevención del VIH y otras infecciones de transmisión sexual, siempre que se utilice de manera correcta y consistente. Su efectividad disminuye de forma considerable cuando su uso es irregular o inadecuado, lo que limita su impacto en la reducción del riesgo. En este sentido, la disponibilidad gratuita y accesible de preservativos en entornos de alta interacción social constituye un elemento fundamental dentro de las estrategias preventivas, con la ventaja adicional de ofrecer protección frente a infecciones que no pueden prevenirse mediante intervenciones farmacológicas (3, 6). La evidencia señala que los programas de prevención más efectivos son aquellos que integran enfoques biomédicos, conductuales y estructurales, permitiendo abordar de manera integral los determinantes de la transmisión. La consejería desempeña un papel central al favorecer la percepción del riesgo y promover cambios sostenidos en las conductas sexuales, mientras que el tamizaje oportuno y la vinculación inmediata al tratamiento han demostrado reducir de forma significativa la transmisión del virus, conso lidándose como componentes esenciales de los programas preventivos (1, 4, 7).
Material y métodos
Para llevar a cabo la presente investigación se realizó un estudio transversal institucional, desarrollado durante las jornadas del Examen de Salud Integral en el Centro de Estudios y Servicios de Salud de la Universidad Veracruzana. La recolección de la información fue prospectiva y consecutiva mediante un cuestionario electrónico autoaplicado, anónimo y de participación voluntaria, implementado dentro del flujo operativo habitual de evaluación estudiantil. La población de estudio estuvo conformada por estudiantes de la Universidad Veracruzana que acudieron al Examen de Salud Integral y completaron el instrumento durante el periodo de levantamiento. El análisis se efectuó sobre los registros válidos disponibles en la base institucional, con el propósito de describir el nivel de conocimiento sobre profilaxis preexposición y postexposición frente al virus de la inmunodeficiencia humana, así como las principales fuentes de información asociadas a estas estrategias preventivas. Como criterios de inclusión se consideró a quienes: a) pertenecían a la Universidad Veracruzana, b) asistieron al Examen de Salud Integral, c) aceptaron el consentimiento informado electrónico y d) completaron adecuadamente el cuestionario. Se excluyeron los registros duplicados, los formularios con datos críticos incompletos o con inconsistencias lógicas detectadas durante el control de calidad. Los campos faltantes se conservaron como “no registrado” cuando correspondió. Con fines de estandarización, el instrumento consistió en un cuestionario estructurado de respuesta cerrada, autoaplicado en una plataforma digital accesible desde dispositivos electrónicos durante el proceso de evaluación. El cuestionario incluyó variables demográficas básicas, particularmente sexo, y un módulo específico orientado a explorar el conocimiento sobre PrEP y PEP. En este apartado se registró si el participante había escuchado previamente sobre la PrEP, si sabía para qué servía y si conocía los requisitos para recibirla; de forma análoga, se interrogó sobre la PEP mediante las mismas tres dimensiones: conocimiento previo, utilidad y requisitos de acceso. Asimismo, se exploró la principal fuente de información sobre PrEP, con categorías como redes sociales e internet, escuela o universidad, personal de salud, amigos o conocidos y la opción “nunca ha escuchado sobre PrEP”. Finalmente, se incluyó una pregunta orientada a identificar si el estudiante sabía a dónde acudir para solicitar PrEP o PEP.
En conjunto, el instrumento fue diseñado para caracterizar el nivel de conocimiento, las fuentes de información y el conocimiento de rutas de acceso a estas estrategias preventivas en la población universitaria. El análisis estadístico fue estrictamente descriptivo. Las variables cualitativas se resumieron mediante frecuencias absolutas y relativas (n, %), organizadas en tablas y figuras para su presentación comparativa por sexo. Los resultados se estructuraron en cinco apartados gráficos: distribución general de la población por sexo, conocimientos sobre PrEP por sexo, conocimientos sobre PEP por sexo, principal fuente de información sobre PrEP por sexo y conocimiento sobre dónde acudir para solicitar PrEP o PEP por sexo. Dado que el objetivo principal del estudio fue describir el nivel de conocimiento y las brechas informativas en la cohorte evaluada, no se realizaron pruebas inferenciales ni modelos analíticos adicionales. La base de datos se generó de manera automática a partir de la plataforma de encuesta digital y posteriormente se exportó a un archivo delimitado por comas para su depuración y análisis. El procesamiento se realizó en SPSS v25, aplicando validación de rangos, revisión de coherencia interna, detección de duplicados y estandarización de códigos. Se mantuvo en todo momento el anonimato de los participantes y la confidencialidad de la información, elaborándose además un diccionario de variables con etiquetas y codificación para asegurar la trazabilidad analítica.
Consideraciones éticas
Para este protocolo de investigación se dio un consentimiento informado a los alumnos en el cual se considera los aspectos éticos de la declaración de Helsinki. Se cumplieron con los criterios de beneficencia, equidad y consentimiento, así como todo lo escrito en sus declaraciones y códigos para la realización de un protocolo médico confiable. Así mismo, por parte de las leyes nacionales mexicanas, este trabajo se basó bajo las normas de la ley general de salud, específicamente el artículo 7 y 8, ya que dicha investigación se considera de muy bajo riesgo. Así mismo la información será resguardada considerando la protección de datos personal.
Conflicto de intereses
Los autores declaran que no tiene conflicto de intereses para la realización del presente trabajo de investigación.
Financiación
Los autores declaran que no recibieron financiamiento externo. Se utilizaron los recursos propios de las institu ciones participantes.
Resultados
En la distribución general de la población se incluyeron 2,491 participantes. Se observó un predominio del sexo femenino, con 1,405 mujeres (56.4%), en comparación con 1,086 hombres (43.6%), lo anterior indica una mayor participación de mujeres dentro de la muestra analizada, gráfica 1. En cuanto a los conocimientos sobre PrEP, la mayoría de los participantes refirió no haber escuchado previamente sobre esta estrategia preventiva, con 2,263 personas (90.8%), mientras que sólo 228 (9.2%) señalaron haber escuchado de ella. De igual forma, únicamente 199 participantes (8.0%) manifestaron saber para qué sirve la PrEP, frente a 2,292 (92.0%) que indicaron no conocer su utilidad. El conocimiento sobre los requisitos para recibirla fue aún menor, con apenas 67 participantes (2.7%) que respondieron afirmativamente y 2,424 (97.3%) que reportaron desconocerlos. Al desagregar por sexo, los hombres mostraron mayores frecuencias absolutas de respuesta afirmativa que las mujeres en las tres variables evaluadas: haber escuchado sobre PrEP (121 vs. 107), saber para qué sirve (110 vs. 89) y conocer los requisitos para recibirla (35 vs. 32), pese a que el total de mujeres en la muestra fue mayor, gráfica 2. Respecto a los conocimientos sobre PEP, se observó un patrón similar al descrito para PrEP. Solo 169 participantes (6.8%) reportaron haber escuchado sobre la PEP, mientras que 2,322 (93.2%) indicaron no conocerla. Asimismo, 173 personas (6.9%) señalaron saber para qué sirve, frente a 2,318 (93.1%) que lo desconocían. En relación con los requisitos para recibir PEP, únicamente 73 participantes (2.9%) manifestaron conocerlos, mientras que 2,418 (97.1%) respondieron de forma negativa. Por sexo, los hombres también concentraron mayores frecuencias absolutas de respuestas afirmativas que las mujeres en haber escuchado sobre PEP (86 vs. 83), saber para qué sirve (93 vs. 80) y conocer los requisitos para recibirla (35 vs. 38; en este último rubro la diferencia fue mínima y ligeramente mayor en mujeres), gráfica 3. Al analizar la principal fuente de información sobre PrEP, la categoría más frecuente fue “nunca ha escuchado sobre PrEP”, con 2,254 participantes (90.5%), lo que coincide con el bajo nivel global de conocimiento previamente descrito. Entre quienes sí reportaron alguna fuente de información, las redes sociales e internet ocuparon el primer lugar con 80 registros (3.2%), seguidas de amigos o conocidos con 69 (2.8%), la escuela o universidad con 59 (2.4%) y el personal de salud con 29 (1.2%). Por sexo, las redes sociales e internet fueron más referidas por mujeres que por hombres (45 vs. 35), mientras que la escuela o universidad fue ligeramente más frecuente en hombres (36 vs. 23). Las categorías de personal de salud (15 mujeres y 14 hombres) y amigos o conocidos (36 mujeres y 33 hombres) mostraron distribuciones más equilibradas entre ambos sexos, véase la gráfica 4 en p. 66.
Mientras que, en relación con el conocimiento sobre dónde acudir para solicitar PrEP o PEP, únicamente 88 participantes (3.5%) respondieron que sí lo sabían, mientras que 2,403 (96.5%) señalaron no conocer a dónde acudir. Por sexo, 47 hombres y 41 mujeres reportaron saber dónde solicitar estas estrategias preventivas, en contraste con 1,039 hombres y 1,364 mujeres que indicaron desconocer esta información. En conjunto, estos hallazgos muestran que, además del bajo nivel de conocimiento conceptual sobre PrEP y PEP, también existe un desconocimiento muy marcado sobre las rutas de acceso a estos servicios preventivos, gráfica 5.
Discusión
Los hallazgos muestran un nivel marcadamente bajo de conocimiento sobre PrEP y PEP en la población estudiada. Más de nueve de cada diez participantes refirieron no haber escuchado sobre PrEP, no saber para qué sirve o desconocer los requisitos para recibirla; en el caso de la PEP, el patrón fue muy similar, con proporciones igualmente elevadas de desconocimiento. Este resultado contrasta con el lugar que ambas estrategias ocupan dentro de la prevención contemporánea del VIH, particularmente en un contexto donde la transmisión sexual continúa siendo la vía predominante y donde tanto la profilaxis preexposición como la postexposición forman parte del abordaje preventivo actual. En ese sentido, los resultados sugieren que existe una brecha importante entre la disponibilidad conceptual de estas intervenciones en el ámbito biomédico y su reconocimiento real por parte de la población evaluada (1, 2). El desconocimiento observado no sólo fue conceptual, sino también operativo. En PrEP, el número de participantes que afirmó conocer los requisitos para recibirla fue mínimo; en PEP, la situación fue prácticamente igual. Este punto adquiere especial relevancia clínica porque no se trata de estrategias preventivas intercambiables o intuitivas, sino de intervenciones con indicaciones, tiempos y esquemas específicos. La PEP, por ejemplo, depende de un inicio precoz tras la exposición, idealmente en las primeras horas y con un límite máximo de 72 horas, además de requerir consejería, valoración individual del riesgo y seguimiento clínico. De manera paralela, la PrEP exige no sólo conocimiento de su finalidad preventiva, sino también comprensión de sus esquemas de uso y del monitoreo periódico recomendado durante su seguimiento. Por ello, el bajo conocimiento de requisitos y rutas de acceso no representa únicamente una carencia informativa, sino una barrera concreta para que estas herramientas puedan utilizarse de manera oportuna y efectiva (2, 4, 8). Otro hallazgo relevante fue la asimetría entre el tamaño de la muestra femenina y la distribución del conocimiento afirmativo. Aunque las mujeres representaron la mayor proporción de participantes, los hombres concentraron mayores frecuencias absolutas de respuestas afirmativas en la mayoría de los reactivos relacionados con PrEP y PEP, con excepción del conocimiento de los requisitos para recibir PEP, donde la diferencia fue mínima y ligeramente mayor en mujeres. Más que sugerir conclusiones causales, este patrón confirma que el conocimiento no se distribuye homogéneamente dentro de la población evaluada. En términos prácticos, esto refuerza la necesidad de que las estrategias de información y prevención no se limiten a una difusión general, sino que consideren las diferencias reales en la apropiación del contenido preventivo entre subgrupos de la población (1, 6). En relación con las fuentes de información, las redes sociales e internet ocuparon el primer lugar entre quienes reportaron alguna referencia sobre PrEP, seguidas por amigos o conocidos y por la escuela o universidad, mientras que el personal de salud tuvo una participación francamente baja. Este patrón es especialmente significativo porque las estrategias preventivas frente al VIH dependen no sólo de la circulación de información, sino también de la calidad, claridad y oportunidad con la que ésta se transmite. La evidencia presentada en la introducción subraya que los programas más efectivos son aquellos que integran componentes biomédicos, conductuales y estructurales, con un papel central de la consejería, el tamizaje oportuno y la vinculación inmediata a servicios. Bajo esa lógica, que el personal de salud figure como una fuente minoritaria sugiere una oportunidad de mejora importante, ya que los servicios sanitarios deberían ocupar un lugar más visible en la orientación sobre prevención farmacológica del VIH, especialmente cuando estas intervenciones requieren evaluación clínica y seguimiento (5, 7). El dato quizá más crítico desde la perspectiva de implementación fue el desconocimiento casi generalizado sobre dónde acudir para solicitar PrEP o PEP. Que sólo una fracción muy reducida de los participantes identificara una vía de acceso concreta indica que el problema no se limita a “haber escuchado” o no sobre estas estrategias, sino que alcanza también la dimensión práctica de su utilización. Este hallazgo es congruente con lo descrito en la literatura respecto a que la implementación de la PrEP enfrenta barreras persistentes, entre ellas la falta de información, el estigma y otras limitaciones de acceso. En el caso de la PEP, esta carencia es todavía más preocupante, dado que su utilidad depende de una ventana temporal estrecha. En otras palabras, una estrategia preventiva puede existir, ser eficaz y estar clínicamente recomendada, pero seguir siendo funcionalmente inaccesible si la población no sabe cuándo, para qué ni dónde solicitarla (2, 6). En conjunto, esta investigación demuestra que el principal problema en la cohorte analizada no radica en matices finos del conocimiento, sino en una desinformación estructural sobre dos de las intervenciones biomédicas más relevantes en la prevención actual del VIH. Lo favorable es que los resultados identifican con claridad áreas específicas de mejora: difusión básica de conceptos, explicación de la utilidad real de PrEP y PEP, educación sobre criterios y tiempos de uso, y, sobre todo, visibilización de las rutas de acceso. Desde esta perspectiva, los hallazgos no sólo describen una carencia, sino que aportan una base concreta para orientar acciones educativas, comunitarias e institucionales más precisas. Su valor radica precisamente en documentar, con datos locales, una brecha que probablemente limita la efectividad de cualquier estrategia preventiva que no vaya acompañada de información comprensible, accesible y operativamente útil para la población objetivo.
Conclusión
Los hallazgos de esta investigación evidencian una brecha crítica de conocimiento sobre PrEP y PEP en la población universitaria evaluada, no sólo en términos conceptuales, sino también en aspectos operativos esenciales como su utilidad, sus requisitos de acceso y los puntos de atención a los que se puede acudir. Esta situación resulta particularmente alarmante, porque confirma que estrategias biomédicas fundamentales para la prevención del VIH continúan siendo escasamente reconocidas incluso en un grupo poblacional clave para las acciones de tamizaje, consejería y prevención temprana. En este sentido, documentar estos resultados tiene un valor científico y sanitario incuestionable: aporta evidencia local que sigue siendo limitada, fortalece la bibliografía nacional sobre prevención del VIH en jóvenes universitarios y permite visibilizar una necesidad real que, de otro modo, podría permanecer subestimada. Al mismo tiempo, este trabajo reafirma la importancia del Centro de Estudios y Servicios en Salud (CESS) como nodo estratégico de investigación, tamizaje y generación de evidencia aplicada, así como del Examen de Salud Integral (ESI) como una plataforma fundamental para identificar vacíos de conocimiento, detectar necesidades preventivas y orientar intervenciones concretas dentro de la comunidad universitaria. Más que un ejercicio descriptivo, esta investigación constituye una llamada de atención y una base técnica para el diseño de estrategias más agresivas, sostenidas y focalizadas en educación, difusión, acceso y acompañamiento. La magnitud del desconocimiento observada vuelve indispensable mantener campañas masivas, monitoreo continuo y producción sistemática de datos, no sólo para ampliar la cobertura informativa, sino para transformar al CESS y al ESI en referentes regionales de vigilancia preventiva, intervención oportuna e investigación en salud pública universitaria.
Palabras clave: VIH PrEP PEP prevención estudiantes universitarios tamizaje.
2026-10-07 | 11 visitas | Evalua este artículo valoraciones
Vol. 21 Núm.0. Abril 2026 Pags. 61-68 Rev Invest Cien Sal 2026; 21(Supl. 1)