Autor: Gómez Maganda y Silva Tomás
Cuando lo conocí corría el año de 1950. La situación era dramática: en el interior del cuartucho de la vecindad, con los ojos desorbitados, rojos y amarillos a un tiempo, las ropas y el cuerpo manchados con la negrura del pestilente vómito, el hombre aullaba presa de un infame ataque de delirio; mientras con ambas manos se golpeaba el monstruoso abdomen pronto a estallar por el líquido retenido en el interior. En las sábanas revueltas se mezclaban en desorden las negras manchas de la melena con las rojas de la hematemesis reciente y las amarillas de la coluria. Afuera, por el patio de la vecindad cruzaba un joven médico, con su negro maletín cargado más con esperanzas que con remedios para mejorar la situación. Entró en la habitación, y su voz, pausada y tranquila y su paciencia infinita fueron aplacando el acceso de furia y sirvieron de sedante a ese ser que sufría. Al final de la entrevista logró lo que nadie había conseguido, convencerlo de la imperiosa necesidad de recluirse en un sanatorio para que pudiera iniciarse el tratamiento de las complicaciones hepáticas que había ocasionado el alcoholismo inveterado. La obediencia del enfermo al médico trajo la paz a la desesperanza de esa familia. Yo no me había equivocado al elegir al médico que atendería a mi padre.
Palabras clave: .
2003-11-14 | 1,725 visitas | Evalua este artículo 0 valoraciones
Vol. 57 Núm.4. Julio-Agosto 2003 Pags. 278-280. Rev Sanid Milit Mex 2003; 57(4)