Autor: España Miguel
Al legendario torero español Juan Belmonte un buen día un periodista le preguntó si no le dolían tantas cornadas, a lo que aquél respondió: “duelen más las cornadas del hambre”. Nace el ser humano lanzando un grito de dolor. Le duele abandonar el vientre materno que lo protegió durante la gestación, y el dolor le acompañará en las vicisitudes de la vida. No todos los seres humanos tenemos el mismo umbral o la misma resistencia ante el dolor físico o el dolor emocional. Es evidente que algunas personas, seguramente por herencia familiar, se encuentran mejor dotadas para soportar grandes cargas de fatiga, tensión emocional y dolores físicos en diferentes partes de su organismo que resultan imposibles de tolerar para el común de los mortales. Además de las ventajas genéticas influyen otros aspectos, ciertas circunstancias decisivas en la conformación del personaje duro, resistente, ante determinadas actividades reservadas para una minoría de la especie humana. Me permito exponer algunos de esos factores. El estrato social. Quienes nacen y crecen en un estrato social bajo, desde muy pequeños se acostumbran a las competencias calle jeras, juegan en los baldíos sin protección ni cuidado de los adultos, y es muy común que participen en riñas, que sufran golpes y abusos del más fuerte del grupo o se enfrenten en desventaja de número. En este ambiente la competencia exige al sujeto asimilar el dolor, no doblegarse para poder persistir y hacerse respetar. Si comparamos la resistencia al dolor de estas personas con otras que proceden de un estrato social alto, gente con una vida cómoda y una excesiva protección familiar, notaremos inmediatamente la enorme diferencia.
2004-08-20 | 719 visitas | Evalua este artículo 0 valoraciones
Vol. 2 Núm.12. Junio-Julio 2004 Pags. 33-36 Dol Clin Ter 2004; II(12)