Los albores del humanismo

Autor: Artega Pallares Carlos

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Quién de nosotros no quisiera ser calificado de "humanista" por sus contemporáneos y por la posteridad? ¿Qué significación tiene este término tan utilizado y amplio, que se emplea como comodín de variadas ideologías? En realidad no lo sé. Creo que el concepto actual connota respeto por los valores humanos, erudición y sensibilidad por las artes, y en alguno de esos sentidos o en todos, no lo apropiamos, a la manera de una pose, que le dé énfasis a nuestro discurso. Llega a nosotros después de seis siglos con una serie de transformaciones sin poseer actualmente una realidad semántica. El Humanismo como movimiento surge y florece en la Europa medieval, al interior de unas condiciones políticas, sociales y religiosas particulares: el desprestigio del papado y la institución imperial, íntimamente ligada a aquél, plantea una "crisis" de la cultura, que iniciada en el siglo XIII, lleva a que los espíritus eruditos dé la centuria siguiente vuelvan su mirada hacia la antigüedad clásica, quizás tratando de hallar un asidero conceptual en un mito literario, en unos valores universales. Y es en este ambiente donde crece el poeta Francesco di Parenzo Canigiani, Petrarca, considerado por diversos historiadores como el "padre" del Humanismo. Gracias a su autonomía, a su celosa defensa del ocio productivo, a la extensión y profundidad de sus conocimientos y a sus relaciones con la sociedad culta -príncipes de la Iglesia, reyes y aristócratas-, se convierte en un nuevo modelo de intelectual, muy apreciado, al cual diversos estamentos de poder se disputan por dispensar protección. Desde su inicio, el Humanismo implica una auténtica pasión intelectual que en un comienzo se propone conciliar las lecturas y el ejemplo de los clásicos de la antigüedad grecorromana, con el cristianismo en la versión de san Agustín inspirada en el Platonismo. Expresan que la grandeza de la filosofía griega y del pensamiento romano, del que son testimonio las creaciones poéticas, filosóficas, históricas y doctrinales de los autores griegos y latinos, ejemplos de civilización y cultura, y a la vez objeto del estudio y la imitación de los humanistas, no puede entrar en contradicción con la verdad de la religión cristiana. Es una propuesta filosófica y teológica. Emerge, entonces, la posibilidad de un hombre distinto en el cual su dignidad y su grandeza, -su verdadera humanitas- es, en cuanto creada por Dios un valor que no puede ni debe ser desestimada por el pensamiento religioso, en la forma como este último lo ha interpretado, con severo ascetismo, durante largo tiempo: mundo y carne como enemigos acérrimos del alma. Se trata de darle cabida a los diferentes aspectos de la condición humana: consonancia entre lo natural y lo sobrenatural. En su concepción original, el Humanismo es el preludio del Renacimiento. Este movimiento fue el promotor de una renovación de las letras e iniciaron con ellas una auténtica revolución de la cultura de Occidente, cuya profunda e indeleble huella aun es perceptible hoy. Las limitaciones para un estudio denso de este tema, exceden por mucho a cualquier entusiasmo, ya que su producción escrita incursiona además de la literatura, en la teología, la filosofía, la filología, la política y las ciencias, es decir en todos los ámbitos del saber. Por lo tanto, intentar "capturar" a un autor de vasto conocimiento como Petrarca sería una empresa atrevida. Razones de interés personal y profesional me llevan a rescatar dos aspectos entrelazados de su obra: En primer lugar, su lucha permanente por armonizar las tendencias contrapuestas del espíritu, cuestión que intenta a través de una original y honda introspección. En De secreto conflictu cararum mearum (Sobre el secreto conflicto de mis inquietudes), desnuda su alma sin autocomplacencias, en un agudo diálogo entre él, san Agustín y la presencia alegórica de la Verdad. ¿Cuál es el papel de las pasiones, ahora admitidas consustánciales al hombre, para alejarlo de la vida cristiana? ¿Puede, acaso, el ser humano en la búsqueda de la perfección dominar sus sentimientos? Es obvio que este asunto constituye una reflexión, un cuestionamiento y de alguna manera un reto para los postulados cristianos básicos de la época y replantea, desde otra dimensión, la vieja polémica de nuestra humanitas, haciendo brotar subrepticia y abiertamente la pregunta acerca de la felicidad como aspiración válida del hombre. En segundo lugar, la concepción idealista del amor, propuesta por Dante y otros poetas provenzales, para quienes la amada, en tanto y cuanto ideal, es inalcanzable. Petrarca se inspira en Laura, de quien queda irremediable y definitivamente prendado y en su Cancionero, obra inacabada, en la cual se esbozan y manifiestan los misterios propios del amor: deseo de posesión y desprendimiento; alegría y desdicha; sensualidad y odio; paraíso entrevisto e infierno vivido; libertad y esclavitud. Nuestros sentidos no pueden vivir sin aquello que nuestra razón y nuestra moral reprueban. Sus poemas son análisis sutiles de la pasión que se complacen en las antítesis -el fuego y el hielo, la luz y la tiniebla, el vuelo y la caída, el placer y el dolor- en donde el autor es el teatro del combate de los opuestos: vive y describe un interminable debate con él mismo y en sí mismo; vive hacia dentro y no habla sino de su yo interior; es el primero de los poetas con conciencia de sus contradicciones y el primero que las convierte en substancia de su poesía. Si no es amor, ¿qué es esto que yo siento? Mas si es amor, por Dios, ¿qué cosa y cuál? Si es buena, ¿por qué es áspera y mortal? Si mala, ¿por qué es dulce su tormento? Si ardo por gusto, ¿por qué me lamento? Si a mi pesar, ¿qué vale un llanto tal? Oh viva muerte, oh deleitoso mal, ¿por qué puedes en mí, si no consiento? Y si consiento, error grave es quejarme. Entre contrarios vientos va mi nave -que en altamar me encuentro sin gobierno- tan leve de saber, de error tan grave, que no sé lo que quiero aconsejarme y, si tiemblo en verano, ardo en invierno. Estas concepciones no son construcciones lógicas: son la expresión de profundas aspiraciones psíquicas y sexuales. Su coherencia no es racional sino vital. No configuran un corpus filosófico, son una visión del mundo y, así, también una ética y una estética que trasciende hasta nuestros días en un doble legado: las formas poéticas y las ideas sobre el amor.

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2005-07-15   |   2,410 visitas   |   5 valoraciones

Vol. 26 Núm.4. Diciembre 1997 Pags. Rev Col Psiqui 1997; XXVI(4)