Autor: Samaniego Arrillaga E
”Las aventuras pueden ser locas, los aventureros tienen que ser cuerdos”. (Jorge Oteiza) Desde principios del siglo XIX, muchos países, entre ellos España, tenían sus correspondientes Cuerpos de Sanidad Militar que resultaban ineficaces en tiempos de guerra. En 1835, durante la primera guerra carlista, el coronel del ejército liberal Ocáriz nos describe una patética situación en la que, los heridos en batalla, no encuentran el auxilio de los facultativos y no disponen de medicinas ni de medios de transporte. Se trasladan a grandes distancias casi siempre solos, en ocasiones, las menos, a hombros de sus compañeros expuestos a nuevos combates, regando los caminos con su sangre para, finalmente caer, en los impropiamente llamados hospitales encima de la mesa de una escuela o sobre el pavimento de una iglesia. Por su parte el general Córdoba, durante la misma guerra, al abandonar el mando del Ejército del Norte, en la ”memoria justificativa” explica su impotencia ante las dificultades del traslado de los heridos por parte de la tropa, ya que para transportar a un herido hace falta una camilla, que casi nunca tienen, para el manejo de la camilla se necesitan cuatro soldados porteadores y otros cuatro para los relevos, más el cabo de camilla por lo que el transporte de un herido, incluso este, supone diez hombres fuera de combate y esto es inasumible.
2006-03-28 | 1,416 visitas | Evalua este artículo 0 valoraciones
Vol. 101 Núm.3. Julio-Septiembre 2004 Pags. 105 Gac Med Bilbao 2004; 101(3)