Pocas enfermedades han despertado tanta atención como el sida. Jamás un proceso infeccioso logró tamaño despliegue de investigaciones biomédicas, conciliando enormes esfuerzos pluridisciplinares. Pero no nos engañemos. Si la epidemia no se hubiera circunscrito en el ámbito geográfico del mundo civilizado, probablemente la respuesta de la sociedad occidental, y en concreto de los países más poderosos, hubiese sido muy distinta. En efecto, como señala Françoise Heritier-Augé, expresidenta del Consejo Nacional –francés– del Sida, cuesta imaginar que una sociedad industrial y capitalista pueda moverse por imperativos de generosidad, solidaridad y altruismo. Treinta años después, desde un punto de vista social y político el sida es realmente una epidemia de prejuicios donde el elemento más dañino y contagioso no es el propio virus (VIH), sino todos los fantasmas ancestrales y recurrentes que afloran –como ingredientes ineludibles– cuando algo rompe el sentido convencional de lo cotidiano, de lo normal, suponiendo un riesgo y un estigma.
2012-06-18 | 379 visitas | Evalua este artículo 0 valoraciones
Vol. 108 Núm.3. Julio-Septiembre 2011 Pags. 66-67 Gac Med Bilbao 2011; 108(3)