Divagaciones en el ámbito de la moralidad y bioética médica

Autor: Vega Franco Leopoldo

Fragmento

Es fácil comprender que el hombre percibe su entorno social de manera distinta a como lo hicieron sus ancestros, pero en su mundo interior, donde habita el humanismo como expresión de su naturaleza reflexiva que le permiten distinguir los conceptos del bien y del mal, no cambia: pues la racionalidad inherente a su condición de ser social pensante es inseparable de la moralidad que le exige no causar daño a otros; por eso, no matar, no causar dolor, no privar de la libertad a un semejante, no engañar, no romper promesas hechas, no infringir la ley, no cumplir con “el deber” y otras prohibiciones, permanecen inmutables. A estas reglas morales, de carácter general, se suman otras que rigen la moralidad en ámbitos culturales restringidos o en el seno de una subcultura particular; son éstas las que matizan la moralidad que orienta los actos de quienes ejercen una profesión, desempeñan una ocupación o son miembros de un grupo formal. Así, la moralidad, la racionalidad y los valores éticos de la cultura legada por las generaciones anteriores, son el fundamento en el que se sustenta la convivencia y la interacción social de los hombres. Es razonable pensar que si la formación moral de un adulto se inicia en su familia para proseguir ésta en su educación formal y en el seno de la sociedad, al llegar a su adultez tiene la capacidad de distinguir entre el bien y el mal: sea por la bondad o la malicia que impulsan los actos de una persona o por las consecuencias que su comportamiento ocasiona en otros. Son, pues, los fundamentos morales y los valores éticos aprendidos a lo largo de su vida, los que le permiten discernir la orientación lícita, que debe dar a su conducta social para guiar sus actos con sentido ético.

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2004-08-02   |   1,039 visitas   |   Evalua este artículo 0 valoraciones

Vol. 71 Núm.3. Mayo-Junio 2004 Pags. 111-112 Rev Mex Pediatr 2004; 71(3)